domingo, 28 de agosto de 2016

LOS DIEZ LIBROS DE ARQUITECTURA, DE VITRUBIO




El libro, LOS DIEZ LIBROS DE ARQUITECTURA, DE VITRUBIO, que fue el arquitecto y amigo personal de mi sobrino-nieto, el emperador Octaviano Augusto, lo podéis obtener de la biblioteca privada del Cónsul de Roma, mediante el siguiente enlace:


LOS DIEZ LIBROS DE ARQUITECTURA, DE VITRUBIO



 Busto del arquitecto Marco Lucio Vitrubio, autor del único libro que se conoce sobre la arquitectura romana ( aunque parece que se ha confundido con Marco Craso:




LUCIO AMBIVIO TURPIO


 


Lucio Ambivio Turpio fue un actor de teatro romano. Trabajó también como un gestor de teatro en la primera mitad del siglo II antes de Cristo, ayudando a traer el éxito al empresario teatral Cecilio Estacio y a Terencio. Numerosos informes sobre sus actividades provienen del prólogo de la obra dramática Hecyra en el que el mismo Turpio jugó el carácter 'protatico' (el que recita sólo el protasis, la introducción), un recuento de las dificultades para presentar al público romano muy apreciado junto con las comedias de Plauto, obras de Cecilio y Terencio, de notable y reconocido éxito en Roma. 





VALERIO MÁXIMO

(c. 15 a. de C. - c. 35 d. de C.) Escritor romano. Su obra capital es Hechos y dichos memorables, dedicada al emperador Tiberio. Compuesta por nueve libros, es una recopilación de anécdotas morales contenidas en las obras de los historiadores latinos y griegos que sería muy utilizada por filósofos y retóricos posteriores.


Se conoce muy poco sobre la vida de Valerio Máximo. Al parecer, vivió pobremente, y estuvo bajo la protección de Sexto Pompeyo, el cónsul del año 14, a quien Valerio acompañó al marchar a Asia como gobernador, en el año 27. Vuelto a Roma, Valerio escribió sus nueve libros de Hechos y dichos memorables, dedicados a Tiberio. La obra debió de quedar terminada después del 31, año en el cual murió el célebre prefecto del pretorio Seyano, a quien el autor ataca duramente en el último libro.


Hechos y dichos memorables es un rico repertorio de anécdotas que el autor compiló tomándolas de las más célebres narraciones históricas latinas y griegas y reagrupándolas en 95 categorías, subdivididas en ejemplos romanos y ejemplos extranjeros. Las diversas categorías abarcan vicios y virtudes, instituciones públicas o privadas, religión, patria, familia, etc. En tales categorías, bastante amplias, tienen entrada numerosas anécdotas, aunque de carácter bastante diverso. El criterio moralista es, por lo general, la base de la selección y de la organización de la obra; pero lo que ésta gana en valor ético, lo pierde en perspectiva histórica. Su unidad es toda la que se puede desear en una obra de este género, es decir, una unidad más bien mecánica.




También estilísticamente, al mudar de fuentes, el estilo de Valerio Máximo cambia y se compone diversamente. Sólo exteriormente Valerio consiguió dar a su estilo latino una pátina de pureza y claridad, no exentas de cierto tono declamatorio, que resulta adecuado a las máximas edificantes. El material empleado por Valerio Máximo se remonta, en su mayor parte, a Livio y Cicerón; pero, asimismo, a Varrón, Celio Antipatro, César, Salustio, Pompeyo Trogo y otros, griegos y romanos. A pesar de su modesto valor historiográfico, este cómodo y abundante repertorio fue muy utilizado por los escritores antiguos. Compendiado por Julio Paris hacia el siglo IV y por Januario Nepociano en torno al VI, conoció una extraordinaria fortuna durante la Edad Media por su fácil manejo y por su cómoda abundancia de erudición ajena. Petrarca lo tomó por modelo en la composición de su obra De las cosas memorables.




RELIEVE DE DOS PORTAESTANDARTES






Aquí podemos ver dos portaestandartes procedentes de Adamklissi, representados en uniforme de cuartel, sin armadura ni yelmo. Cada uno de ellos porta una bandera cuadrada o vexillum. Al revés de muchos de los legionarios de la Columna de Trajano, que aparecen con grandes barbas, los soldados del Tropaeum Traiani están siempre afeitados.  

sábado, 27 de agosto de 2016

SILA HABLA A UN JOVEN CICERÓN SOBRE LA SUPUESTA CLASE BUENA ROMANA (OPTIMATES)


 

Y ahora consideremos a los romanos chapados a la antigua, hombres como tú, que siguen viviendo esta ciudad y en su país. Son los verdaderos herederos de todo aquello por lo que nuestros padres murieron. Blasonan de que tienen soldados entre sus familias, guerreros que cayeron muertos sobre sus escudos en el campo de batalla. Hablan con orgullo de Horacio y todos los héroes de Roma y se consideran como ellos. Sus hogares están adornados con viejas armas y trofeos de guerra y sus hijos llevan nombres altisonantes de hombres que ahora yacen entre el polvo. Encontrarás hombres de esta clase por todas partes, en todas las categorías sociales.


Pues bien, ¿podrías reunirme una docena de estos hombres y pedirles que defendieran conmigo el puente como Horacio y que dijeran a la plebe: "¡silencio!" y a los senadores: "¡honor, ley y justicia!" y a los individuos voraces de las casas de banca o de préstamos: "durante un cierto tiempo entregad vuestros beneficios en provecho de Roma"?. ¿Les dirían a los tribunos: "representadnos bien o abandonad vuestros cargos"?. ¿Se atreverían a decirme a mi o a mis generales: "marchaos, de modo que recuperemos nuestra libertad y la vigencia de nuestra leyes"?. ¿Queda todavía una docena de tales romanos chapados a la antigua que sean capaces de decir esto en voz alta y de sacrificar sus vidas, sus fortunas y su sagrado honor para volver a crear Roma a su imagen y semejanza?. Yo no creo que lo hicieran. Esos descendientes de héroes se han vuelto pusilámines y temen alzar la voz.


Pensemos en los granjeros que viven extramuros cultivando las tierras. Durante muchos años han vendido sus cereales a los graneros del gobierno, por lo que fueron bien pagados. Ellos mismos pidieron que se alimentara gratuitamente a los holgazanes. Los granjeros están contentos. ¿Qué les importa a ellos que nuestro tesoro esté en bancarrota?.


Y si uno les dijera: "granjeros romanos, la nación está arruinada y se halla en peligro. Os ruego que renunciéis a las subvenciones que hasta ahora os ha venido concediendo el gobierno, por vuestra propia voluntad, en honor a Roma. ¿Crees que alzarían las manos en señal de voto afirmativo?. Yo creo que no se mostrarían de acuerdo.


¡Mirame, Cicerón!. ¡Soy un soldado, el dictador de Roma!. Recuerda que estoy aquí, en esta casa, con todo ese poder, no porque yo lo quisiera ni lo hubiese soñado en mis fantasías.


Con sólo con que cien hombres respetables hubieran salido a mi encuentro a las puertas de la ciudad para decirme: "depón las armas, Sila y entra en la ciudad a pie y sólo como ciudadano romano", les habría obedecido dándoles las gracias. Por encima de todo, soy un soldado veterano y un viejo soldado respeta el valor y las antiguas leyes establecidas. Sin embargo, no salieron cien hombres a desafiarme a las puertas o para ofrendar sus vidas o sus espadas por la patria. No hubo ni uno siquiera cincuenta, ni veinte, ni cinco. ¡Es que no hubo ni uno!.


Si me fuera posible, ahora mismo, aunque eso me costara la vida, trataría de empezar a hacer de Roma todo lo que fue. Una Roma con sus leyes, sus virtudes, su fe, honestidad, justicia, caridad, virilidad, espíritu de trabajo y sencillez. ¡Pero ya sabes que moriría en el empeño en vano!. Una nación que se ha hundido en el abismo en que ahora se encuentra Roma, por su propia voluntad, su torpeza, su ambición y codicia, jamás sale de ese abismo. Jamás puede quitarse las mancha y señales de la lepra y el ciego no puede recuperar la vista; los muertos no vuelven a levantarse.



Piensan que soy malo, la imagen de la dictadura. Soy lo que el pueblo se merece. Mañana moriré como todos morimos. ¡Pero te digo que me sucederán otros peores!. Hay una ley que es más inexorable que todas las leyes hechas por el Hombre. Es la ley de la muerte para las naciones corrompidas y los esbirros de esa ley ya se agitan en las entrañas de la historia. Muchos de los que viven hoy, jóvenes lujuriosos e impíos, se saldrán con la suya. Y por eso decae Roma. 



SILA HABLA A UN JOVEN CICERÓN SOBRE LA CLASE BAJA ROMANA



Cicerón, pensemos por un momento en la plebe maloliente y políglota de Roma. Esa gente que tiene manchados sus rostros con sus propios excrementos. ¡La plebe de Roma!. ¡Esa gentuza con gritos de gato y voz de chacal!. ¡Esos villanos de las cloacas y las callejuelas que pintarrajean en las paredes!. ¡El populacho atrevido e insolente!. ¡Esa bazofia entusiasta, incontrolada e incontrolable que constituye los bajos fondos de nuestra ciudad y de todas las naciones!. 


Si un hombre honrado les rogara que fueran trabajadores, austeros y sinceramente religiosos, ¿crees que les dejarían vivir?. Si un hombre les pidiera que dejaran de depender del gobierno para alimentarse, cobijarse, vestirse y divertirse, ¿crees que les escucharían?. Si un héroe  les reprochara su pereza y su codicia, ¿qué le harían?. Yo creo que lo asesinarían o le gritarían hasta silenciarlo con sus aullidos.




SILA HABLA A UN JOVEN CICERÓN SOBRE LA CLASE MEDIA ROMANA



Considera Cicerón, a la clase media, esa clase a la que representas. Los abogados, los médicos, los banqueros, los comerciantes, los armadores y propietarios de buques, los inversionistas, los especuladores, los hombres de negocios, los tenderos, los fabricantes, los importadores y los proveedores. 


¿Es que ellos, por propia voluntad, van a servir a Roma gratuitamente durante un mes, cediendo sus beneficios e ingresos, de modo que podamos ser de nuevo solventes?. ¿Van a atosigar a los senadores, patricios, tribunos o al cónsul con peticiones de que se devuelva a Roma su antigua grandeza y nobleza, y sobre todo, la paz?. ¿Es que alguno de nuestros abogados va a encararse con nuestros legisladores censurándoles que lo que hacen es anticonstitucional, una afrenta a un pueblo libre y que no deben hacer nada ilegal?. ¿Es que alguno de tus colegas es capaz de alzar la vista de sus librotes y basándose en las Doce Tablas de la Ley romana acusar a todos los que las han violado y luchar para que sean expulsados del poder, aunque eso le cueste la vida?.


 ¡Esos tipos obesos!. ¿Es que hay siquiera media docena, que sin importarles la propia seguridad, salgan de sus despachos y se vayan al Foro para decir al pueblo el destino inevitable que aguarda a Roma, a menos que vuelva a las antiguas virtudes y arroje del Senado a todos los individuos que los han corrompido con el mismo poder que ellos les concedieron?. Yo no lo creo.